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Siempre he encontrado la cuestión de por qué beben los escritores embriagadoramente fascinante. De hecho, poco me ha faltado para redactar beodo este artículo, simplemente con el fin de aportar una perspectiva más genuina a su contenido. Pero, por suerte, creo que una botella de vino es más que suficiente. Eso sí, luego abriré otra, no sea que me deshidrate tecleando o que las musas, víctimas del aburrimiento, se evaporen de mi azumbrada cabeza.

Sarcasmo aparte, esta infamosa reputación que sopla las plumas de los autores, aunque cierta, está demasiado cargada. Por lo tanto, es mi deber profesional explicarte el rol que juega el alcohol en la vida de un escritor, tanto en su faceta personal como creativa, dado que se nos asocia más con la botella que con las letras.

El cliché de la dipsomanía literaria

Hace tiempo, un jefe que tuve me preguntó cómo iba la segunda parte de Mambo, Mafia y Cha Cha Chá, supongo que después de haber leído algún artículo sobre las virtudes de la comunicación personal en la empresa para mejorar la productividad laboral.

Sin esperar a que le contestase, añadió su experiencia personal, porque también lo recomendaba el citado documento científico. «Yo solía tomar cerveza y fumarme un porro cuando tenía que escribir algún trabajo en la universidad, y me daba muy buenos resultados».

Una vez que su subalterno dejó de hacerle la pelota, no solo agradecí tamaña revelación, sino que les indiqué que, a partir de ese momento, trabajaría borracho y colocado con el fin de mejorar mi efectividad. En efecto, me miraron mal.

Por qué beben los escritores

El motivo de mi desdén está justificado. Verás, yo también fui víctima de esa creencia de que, bebiendo, escribes mejor. No negaré que el alcohol noquea ciertas voces interiores o potencia tu lado creativo, pero lo que agiliza el cerebro tiende a ralentizar tus dedos. Además, cuando pierdes tu espíritu crítico, crees que lo que escribes es bueno. Ya te digo yo que rara vez lo es.

El por qué beben los escritores está más relacionado con el estrés y la soledad que con la inspiración o la creatividad. Esto lo descubres cuando escribes de forma profesional, donde los plazos de entrega y la presión de las ventas te devoran las entrañas. Por lo tanto, los escritores recurren al alcohol para relajarse, pero a los estimulantes para activarse. Como Stieg Larsson, cuyo descomunal consumo de café durante la producción de su saga Milennium lo llevó a la tumba antes de conocer el éxito.

Otros autores, sin embargo, encontraron en el alcohol a la musa de su triunfo. Jack London, Truman Capote, Edgar Allan Poe, Tennesse Williams, Scott Fitzgerald, William Faulkner, Ernest Hemingway, Marguerite Duras, John Steinbeck, Dorothy Parker, Dylan Thomas, Jean Rhys, Hunter S. Thompson, Bukowski, Kerouac o James Joyce, por citar unos ejemplos, eran (o fueron) alcohólicos reconocidos y a algunos les costó la vida, aunque casi ninguno escribía ebrio.

«I am a drinker with a writting problem».

Brendan Behan.

Por el contrario, la gran mayoría de escritores reconocidos tienen conexión directa con las musas sin necesidad de realizar transbordo en una botella. Lovecraft, Mark Twain, Bernard Shaw, Kafka o Isaac Asimov son un ejemplo de mentes creativas sobrias, prodigiosas y fascinantes.

¿Deben beber alcohol los escritores?

Según Philip Roth, «escribir no es un trabajo duro, sino una pesadilla». Suscribo su opinión, aunque reconozco que a mí la escritura me proporciona más satisfacción que sufrimiento. Aun así, requiere MUCHA paciencia, concentración, inspiración, fluidez, técnica y tiempo.

En otras palabras, una novela o libro empieza como proyecto, se convierte en compromiso y, al final, se vuelve obsesión. Esto está muy bien si eres antisocial, pero resulta muy duro compaginarlo con otras actividades. De ahí que los escritores tendamos a ser huraños o musaraños.

En mi caso, el té es mi compañero perpetuo de trabajo, pero lo consumo muy lejos de los niveles Larsson. El alcohol, por el contrario, tiene vetada la entrada a mi mesa. Lo bebo, sí, solo cuando disfruto de momentos de ocio y, gracias a la falta de costumbre, resulto barato de emborrachar. En cuanto a la liberación de tensiones, practico yoga, pues, aparte de relajarme, me abre el chakra creativo en determinados momentos.

Pero como yo te doy igual, te diré que mi jefe era incapaz de escribir un texto coherente o inteligible, por mucho que en su cabeza sonase maravilloso, ya que el alcohol (o las drogas) son arteros embaucadores. Bajo su influencia, te disfrazan de escritor y te convencen de que lo estás bordando, de que eres el nuevo Bukowski. La realidad se manifestará en todo su esplendor cuando se te pase la resaca.

Leyendas del alcohol en la escritura

  • El alcohol te desinhibe a la hora de escribir

Vale, pero eso no quiere decir que te haga coherente. Si bebes para perder el miedo, lo normal es que el alcohol fortalezca precisamente esa inseguridad.

  • El alcohol hace más llevadera la escritura

Cierto. La escritura es tediosa y, oye, un sorbito de alegría nunca viene mal. Sin embargo, el alcohol es mucho más efectivo para conciliar el sueño, por lo que no tardarás en amodorrarte delante de la pantalla. A menos que superes tu límite, que entonces casi mejor vete de fiesta.

  • El alcohol te inspira

En efecto; el alcohol es chispa de inspiración y brillantes ideas. Los persas, sin ir más lejos, tomaban todas las decisiones importantes por la noche, alrededor de un fuego, y pimplados. Eso sí, al día siguiente las discutían de nuevo, sobrios.

Por el contrario, la inspiración o la genialidad aparecen con más frecuencia cuanto más practicas y te dedicas a una cosa. Es decir, con la constancia. Si llevas una temporada con bloqueo, el alcohol te puede servir como remedio temporal. Aun así, a pesar de sus propiedades medicinales, recuerda que también potencia tus inseguridades.

Desde cuándo beben los escritores

Siempre me ha llamado la atención que tanto el alcohol como la escritura nacieran en el mismo lugar: Sumeria. No obstante, el primero servía para limpiar el organismo de los microbios del agua que bebían de los ríos mientras que la segunda se usaba para anotar deudas.

El caso es que no tardaron demasiado en ver las alternativas de uso que ambos hallazgos ofrecían, así que asumiré que el pionero en combinar alcohol con escritura se trató de un escribano mesopotámico, dedicando su obra a la diosa Ninkasi.

De acuerdo, quizás los chinos antecedieran a los sumerios en ambos descubrimientos, pero nadie duda de que esta religión líquida se expandió por todo el planeta, como demuestra la profusión de nombres sagrados asociados al bebercio: Acan (mayas), Aegir (vikingos), Baco y Liber Patris (romanos), Bes, Tenenet, Neftis y Osiris (egipcios), Dionisio, Anfictíone, Mete y las Enotropeas (griegos), Inari (shintos), Oggun (yorubas), Siduri (mesopotámicos), Sucellos (celtas), Ba-Maguje (hausas), Du Kang y Tao Yuanming (chinos), Mayahuel y Ometochli (aztecas), Nokhubulwane (zulúes) o Varuni (hinduistas).

Esta simbiosis entre deidades y alcohol resulta obvia en la celebración de los ritos sagrados, lo cual implica que su consumo establecía un puente entre el plano terrenal y el superior, como también ciertos estupefacientes de la época. De ahí que los escritores cantaran sus alabanzas, donde el persa Rumi, con sus poemas al vino, destaca por encima del resto.

«Solo el vino te liberará de tus dudas.

Solo el vino te ayudará a elegir entre las setenta y dos sectas.

Nunca abandones al poderoso mago,

Que te puede transportar a la región del olvido».

Rubaiyat

El misticismo del escritor que bebe

Con todo esto, el divino acto de chuzarse no era exclusivo de escritores o místicos. El resto de la sociedad participaba activamente en este proceso, puesto que aliviaba la presión existencial con su esparcimiento. Además, también se consideraba que poseía propiedades curativas, algo que mantenemos en nuestros tiempos.

Por supuesto, las críticas a los efectos embriagadores derivaron en corrientes de pensamiento que abogaban bien por la moderación o su prohibición. Aunque ciertas culturas, sobre todo del norte y oeste de Europa, optaron por entregarse al consumo desmedido o a la abstinencia.

Si te fijas en la lista de escritores alcohólicos de antes, Estados Unidos encabeza con diferencia el número de autores que han padecido problemas con la bebida. Además, comprobarás que sus vidas transcurrieron entre finales del XIX y buena parte del XX. Es decir, la época moderna. Varios de esos autores, de hecho, poseen un aura a su alrededor equiparable a la de artistas mediáticos como actores o músicos, lo cual los convierte en referencia.

En conclusión, los escritores beben alcohol más por cuestiones externas que como fuente de inspiración, aunque algunos han creado una imagen más «atractiva» en el ámbito publicitario por su estilo de vida. Y paro ya, que tengo el vaso vacío. ¡Ah! Me olvidada de una cosa. Mi jefe era norteamericano, para que entiendas a lo que me refiero.

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