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Si Saussere comparó las leyes de la lingüística con las reglas del ajedrez, el lenguaje inclusivo ha puesto en jaque a la gramática del siglo XXI. No en vano, este tema ha generado una dicotomía entre quienes siguen la postura ovidiana de tempora mutantur, et nos mutamur in illis, y quienes defienden la ciceroniana de o tempora, o mores.

Con el fin de comprender ambos puntos de vista, ahora presentaré argumentos tales como la evolución en la lengua, la retórica, los problemas del género (lingüístico)y el poder de la semántica. Pero, también, un tema sobre el que nadie ha comentado nada al respecto: los artículos.

Una vez que termines la lectura, habrás descubierto tres cosas. En primer lugar, que el nombre correcto del animal es murciégalo. Después, que la clasificación por géneros es más compleja de lo que parece. Y, para terminar, que  el planteamiento del lenguaje inclusivo es, en realidad, exclusivo.

La opinión que nadie me ha pedido

Como autor, aprecio muchísimo el valor que ofrecen el lenguaje inclusivo y el millennial. Gracias a ellos, dispongo de un recurso maravilloso con el que poner voz a una época concreta en mis libros. De hecho, considero que ambos recogen el testigo de Juan Ramón Jiménez y García Márquez en su cruzada contra las normas lingüísticas del español.

Yo soy muy fan de todo esto, ya que nunca entenderé el motivo de que digamos «murciélago» en lugar de «murciégalo» (en desuso y considerada un vulgarismo, menuda desfachatez). O que existan los adjetivos «urticante» y «urticáceo», además de los sustantivos «urticaria» y «urticación», pero no el verbo «urticar».

En efecto, me urtica mazo el desprecio activo que la RAE comete con un ratón (mur,  en latín) que es ciego, y con las ortigas, también conocidas como «la hierba de los ciegos». Un momento, ¿no ves (perdón) un patrón que claramente excluye a un segmento de la población?

La revolución feminista

Reflexiones paranoicas aparte, el lenguaje inclusivo representa un cambio de paradigma en el modelo de género preestablecido dentro del ámbito social. En esencia, busca la igualdad y reconocimiento de todos los ciudadanos, ciudadanas y ciudadanes del planeta.

Esto no es nuevo. Tras la Primera Guerra (1914-1918), el rol de la mujer se aproximó más al del hombre, lo que provocó la feminización de sustantivos, a imagen y semejanza de «carnicero-carnicera» o «profesor-profesora».

Empero, el frenesí de la igualdad se olvidó de que, aparte del género masculino y femenino, el español también cuenta con:

  • el epiceno: que designa a seres de género masculino y femenino, como «persona».
  • los sustantivos comunes en cuanto al género: donde el artículo cambia el sexo, no la palabra, como «cineasta».
  • Los sustantivos ambiguos en cuanto al género: que admiten ambos artículos, como «interrogante».

Tal vez, llámame loco, habría resultado más práctico conocer las reglas del idioma antes de haber añadido en el pasado y presente palabras como «aprendiza», «cacica», «jefa», «jueza», «portavoza» o «presidenta».

De todas maneras, al contrario que el pobre murciégalo y el crocodilo, víctimas de la dislexia social, la revolución lingüística feminista siguió una lógica gramatical. Errónea, como en las palabras que te he mostrado, pero lógica, al fin y al cabo.

El lenguaje inclusivo

Esta misma lógica es la que sigue el lenguaje inclusivo, una repetición del movimiento feminista, con el añadido de que incorpora un nuevo género mientras potencia la presencia de uno ya existente.

Dentro del ámbito lingüístico de los idiomas de origen romance, la incorporación de un nuevo género no supone ningún problema. En realidad, tan solo requiere un artículo y una terminación característica. De esta forma, obtenemos «el profesor-la profesora-le profesore» y «el carnicero-la carnicera-le carnicere».

No obstante, esta regla resulta menos intuitiva en el caso de «actor-actriz», donde «actore o actrice» implicarían un condicionamiento de género  en la palabra, aun más evidente con «jefe-jefa», ya que la opción inclusiva coincidiría con la forma masculina. Además, la paridad léxica requeriría a su vez la acuñación de términos nuevos, siendo el caso de «hombre-mujer» el mayor reto identificativo para las personas del tercer género.

No pasa nada; siempre podemos crear excepciones, como los ejemplos feministas mencionados en el apartado anterior. O dejar de imitar el sistema inglés para igualar los géneros, un tema del que hablaré luego. Lo que es evidente para mí es que el lenguaje inclusivo convertirá nuestro idioma en un inmenso merismo.

El merismo

Al principio del Cantar de Mío Cid (versos 16 y 17), aparece la siguiente expresión: «mujeres y varones, burgueses y burguesas». Si crees que el castellano medieval era un adelantado a su tiempo por el empleo del lenguaje inclusivo, lamento decirte que has leído un merismo.

«Exien lo uer mugieres e uarones, burgeſes e burgeſas por las finieſtras ſon».

Los escritores recurrimos a esta figura retórica para hablar de un todo mediante la oposición de contrarios o a través de sus partes. Por ejemplo: «cielo y tierra» (mundo), «en la salud y en la enfermedad» (vida), «carne y huesos» (cuerpo), «noche y día» (día), «damas y caballeros» (público), «luces y sombras», «chapa y pintura» (carrocería) o «tú y yo» (nosotros).

Los merismos resultan muy efectivos a la hora de darle un toque poético a tus textos (bailaba sobre la arena y el mar, en vez de «la playa») o magnificar el tamaño (mataron a soldados, caballeros y arqueros, más dramático que «el ejército»). No obstante, su abuso produce saturación.

En otras palabras, lo que me pasa a mí cada vez que escucho hablar a un presidente, presidenta, portavoz, portavoza, portavoce, ministro, ministra, ministre, miembro, miembra o miembre en el Congreso de los Diputados, Diputadas y Diputades. Porque no sé si son cargos políticos o cargas políticas.

Los géneros en el idioma

Si crees que el español es un lenguaje androcentista y machista, te presento el Dyirbal, una lengua aborigen australiana con cuatro géneros gramaticales, que más o menos se resumen así:

  • Bayi: hombres, animales y cosas fuertes.
  • Balan: mujeres, fuego y cosas peligrosas.
  • Balam: comida y bebida.
  • Bala: el resto.

La segunda categoría dio título a un libro de George Lakoff, que estudia y analiza los diferentes modelos mentales empleados por las lenguas para categorizar las palabras por género.  Lo cual te llevará a la pregunta de cuántos géneros existen en los idiomas.

El español, de momento, emplea el masculino y femenino para categorizar todo su vocabulario, al igual que cerca de 40 idiomas más, con alguna excepción puntual. Aproximadamente, se hablan en una franja que va desde la India hasta Irlanda, cruzando Asia Menor y el Mediterráneo.

También, hay un número similar de lenguas con tres géneros (masculino, femenino y neutro), desde la India hasta Islandia, donde destaca la presencia de un gran número de lenguas muertas, centroeuropeas, escandinavas y eslavas. O con más de tres, como el citado Dyirbala, que con sus cuatro categorías es uno de los idiomas más sencillos de la lista, teniendo en cuenta que las lenguas bantúes manejan una media de 18 géneros, escasos si los comparamos con los 50-140 del tuyuca.

En cuanto al resto, unas cuantas simplemente dividen las palabras entre animado e inanimado (el euskera y el georgiano entre las más conocidas) o aplican clasificadores semánticos en lugar de género (lenguas asiáticas, como el chino, japonés o coreano). Pero, la gran mayoría (unas 80, principalmente túrquicas, urálicas y austronesias) prescinden de todo tipo de género. Una de estas lenguas, por cierto, es el inglés.

Androcentrismo del idioma

Tanto la revolución feminista como el lenguaje inclusivo imitan las pautas que han establecido personas cuyo idioma, ironías del destino, carece de género gramatical. En efecto, el inglés ha marcado el camino del cambio lingüístico mediante un modelo muy práctico y efectivo, puesto que solo requiere la sustitución de man en el sustantivo (mankind – humankind), el uso de un solo término donde antes se empleaban sufijos sexistas (steward/stewardess – flight attendant), el socorrido merismo si se quiere enfatizar la inclusión, y la eliminación de expresiones sexistas.

De hecho, el único problema de género que tienen (he, his, him, himself como universales) lo han solucionado con one, who, they, them y themselves o la omisión de los mismos.

Por desgracia, este sistema no funciona en idiomas donde exista más de un género. A menos que neutralicen todos los artículos y, con ello, la eliminación de los cambios de género en las palabras. De esta manera, «el carnicero, la carnicera y le carnicere» se simplificarían en «lu carniceru», y diríamos las horas como «son lus doce y mediu».

Otra opción factible sería la conversión de todos los sustantivos en comunes en cuanto al género, aprovechando que ya existe esta opción en nuestro idioma. O sea, como «el periodista» y «la periodista», pero con tres artículos individuales (el director, la director y le director) para el singular, y uno global para el plural («lus directorus» o «lis directoris»).

¿Es necesario el lenguaje inclusivo?

Si el lenguaje se volvió androcentista se debe, únicamente, a que la evolución social lo hizo así. La clasificación de género del Dyiarbal corrobora esa asociación entre hombre-fuerza y mujer-peligro de la antigüedad. No obstante, mi querido murciégalo demuestra que todo se puede cambiar.

El principal problema que veo con el lenguaje inclusivo reside en que requiere una readaptación completa de las normas gramaticales para que sea sostenible. Si pretenden integrar un género más con calzador, pronto nos encontraremos con polémicas parecidas a las que suceden en Francia.

De momento, el lenguaje inclusivo se ha institucionalizado en la comunicación política, administrativa y, si no me equivoco, también en la educación y el lenguaje judicial.

Dado que todo lenguaje administrativo, legal y oficial es ininteligible por naturaleza, quizá sería conveniente darle un margen de mejora a las nuevas normas antes de aprobarlas. Tan solo recuerda el gentilicio de Ceuta para darte cuenta de los problemas que se generarán con la implantación del lenguaje inclusivo.

Merismos infinitos aparte, cargaremos de excepciones un idioma donde ya empleamos mal los imperativos, nos liamos con los subjuntivos, escribimos «haber» en lugar de «a ver», y tiramos de lenguaje coloquial a saco, porque resulta más práctico que el oficial a la hora de expresarnos.

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