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Origen de los signos de puntuación.

Denostados, maltratados y condenados a las profundidades del segundo y tercer anillo del teclado telefónico, quizá sea hora de explicar cuál es el origen de los signos de puntuación para saber por qué los necesitamos.

Si el título ha despertado tu interés, el contenido te dejará ojiplático. No en vano, presenciarás la increíble historia de la coma o la palabra que esconde el signo de admiración, además del nacimiento de la netiqueta, entre otras cosas.

Por cierto, no te daré la turra con el uso de los signos de puntuación. Más que nada, porque ya lo he hecho en otro artículo. A cambio, eso sí, agradecería que pincharas el corazón que palpita solitario debajo del encabezado.

Origen de los signos de puntuación

LAESCRITURAANTIGUACOMOCOMPROBARASENNADASEPARECIAALADENUESTRAERA. Te ha costado un poco leer esta frase, ¿verdad? Normal; antes se escribía solo con mayúsculas, sin espacios (scriptura continua) y, por supuesto, sin signos de puntuación. Es decir, igual que algunos ahora, pero por motivos diferentes.

«La puntuación es como el encefalograma de un cerebro cuando sueña. No muestra las imágenes, pero revela el ritmo del flujo subyacente».

El secreto de Pietramala, Andrea Moro.

Pese a los evidentes problemas que planteaba, este sistema «se entendía». Al fin y al cabo, cumplía con la función de registro y de preservación asociada a la escritura desde sus orígenes.

Empero, una cosa es tomar notas para almacenarlas luego, y otra bien distinta leerlas en voz alta. Pregúntaselo a los oradores griegos, cuya sociedad le daba más importancia a la elocuencia que a la escritura y, por lo tanto, TENIANQUEEXPONERSUSPUNTOSDEVISTAYOPINIONESALMISMOTIEMPOQUELOSENFATIZABANPARATRANSMITIRUNAEMOCIONTALVEZUNAREACCIONTAMBIENALAAUDIENCIAALLICONGREGADACONUNAPRONUNCIACIONUNAENTONACIONYUNADICCIONEXCELENTESYPORSUPUESTOSINCONFUNDIRELSIGNIFICADOOTRABARSECONLASPALABRASOINCLUSODECIROTRASDISTINTASYAQUEENCASOCONTRARIORESULTARIANMENOSCONVINCENTESVERDADQUEESUNLIO

El puntazo de Bizancio

Si el asunto de los oradores políticos te parece un drama, imagínate lo que suponía leer los veinticuatro cantos de La Ilíada (Homero), por citar una obra dentro de la fértil literatura helena.

A Zeus gracias que, alrededor del 200 a.C., Aristófanes de Bizancio, bibliotecario del Museo de Alejandría a la sazón, realizó una serie de marcas en los textos para facilitar y matizar su lectura. En otras palabras, indicó las pausas de esta manera:

  • Stigme teleia: un punto en la parte superior de la última letra que señala el final de la sección más larga (periodos: ‘frase’). PALABRA·PALABRA
  • Stigme mese: un punto en la parte inferior de la última letra que señala el final de una sección larga (kolon: ‘cláusula’): PALABRAׅPALABRA
  • Hypostigme: un punto en la parte intermedia de la última letra que señala el final de una sección corta (komma: ‘unidad menor que la cláusula’). PALABRA·PALABRA

«Al final de tu vida, todas las cosas que pensaste que fueron puntos resultaron ser comas».

Matthew McConaughey.

Espera, que aquí no termina su legado, pues también añadió signos diacríticos encima de las letras con el fin de advertir al lector de la entonación:

  • Aguda (‘), la tilde que usamos en español: «é».
  • Circunfleja (‘’), la que corresponde a «ê».
  • Grave (‘’’), que se representa ahora como «è».

Una puntualización sobre la puntuación

Procede explicar ahora que los signos de puntuación no son un invento griego. De hecho, ya existían los puntos en el alfabeto sánscrito (el glifo danda:।), además de en el fenicio y en el paleohebreo del siglo VIII a.C. Estos, a su vez, también empleaban rayas horizontales separadoras (—).

Más tarde, en el siglo IV a.C., los escribanos chinos emplearon un símbolo para señalar el final de un capítulo (└) y otro para el punto final (▄). Por cierto, si recuerdo bien, alrededor de esta misma fecha, los actores de teatro griego habían desarrollado su propio código de acentuación de cara a identificar las entonaciones en sus papeles.

En cosa así de doscientos años, a ninguno de sus políticos se les ocurrió imitarlos.

Los tres amigos de Alejandría

Derechos de autor aparte, la Biblioteca de Alejandría estableció las directrices del sistema de puntuación que conoces. Este proceso comenzó con Zenódoto de Éfeso, su primer bibliotecario, a quien le debemos la clasificación de los documentos por orden alfabético.

Aristófanes de Bizancio fue discípulo de este y, posteriormente, mentor de Aristarco de Samotracia, quien completó el trabajo de los dos maestros con los siguientes signos de puntuación:

  • Diple o corchete angular (>): servía para destacar un asunto importante del texto. De aquí saldrían las comillas españolas («») y los signos matemáticos de mayor y menor.
  • Calderón (¬)*: en su origen, se llamaba paragraphos (para: al lado de, graphos: ‘lo escrito’) y se usaba para indicar el inicio de una frase. Deriva de gamma (Γ), la misma letra por la que empieza graphos. Tras la aparición de los litterae notabiliores, su forma evolucionó a ¶ y §.
  • Asterisco: de origen sumerio (5000 a.C.), marcaba repeticiones en los textos.
  • Óbelo (‘estaca’): identificaba partes dudosas de los textos. Se representaba de varias maneras: †, ǂ, ⨪, /, ÷ y %. Huelga decir que varios de estos signos los «robarían» las matemáticas. Algunos son muy evidentes, pero hay uno que igual se te escapa: las fracciones, que provienen de este signo: ÷.

*Este símbolo está al revés, porque la tecnología es incapaz de llevar el palo vertical a la izquierda.

«La coma, esa puerta giratoria del pensamiento».

Cita atribuida a Julio Cortázar.

¿Qué han hecho los romanos por nosotros?

Cuando los romanos llegaron a Grecia, copiaron y asimilaron toda su cultura, a excepción de sus reglas de puntuación. No obstante, durante una temporada, separaron las palabras mediante un punto intermedio, aunque pronto abandonaron su sistema y retornaron a la scriptura continua.

En esta decisión influyó el criterio de los oradores patrios —sobre todo, Cicerón—, pues consideraban que las pausas y la entonación las dictaminaba el propio ritmo del texto, no un copista. Igual también advirtieron el peligro que suponía la facilitación de la lectura de cara a conservar la exclusividad de su oficio, pero por cosas así dicen que soy muy mal pensado.

Por cierto, Aristóteles expresó la misma opinión que el azote de Julio César al respecto de los signos de puntuación. Normal; fue discípulo de Platón. Y, ahora que me he quedado a gusto, prosigo.

«Esperas que la muerte traiga una nueva forma de puntuación, pero ahí está: un breve suspiro. Punto final».

Marly’s Ghost, David Levithan.

A finales del siglo I d.C., Quintiliano publica su Institutio oratoria. En esencia, consiste en una enciclopedia que ensalza a Cicerón. Con todo, expresa la importancia de la gramática para cualquier orador y, si bien no menciona los signos de puntuación por ningún lado, sus escritos sobre las partes de una oración (formae) motivaron a los siguientes gramáticos a establecer un patrón en las pausas de la lectura.

Eso sí, se trata de un proceso muy largo que transcurre desde los comentarios de Aulio Gelio en Noches áticas (siglo II) hasta el Ars grammatica de Diomedes Grammaticus (siglo IV). Entonces, un alumno de este último cambiaría las reglas del juego.

Donato, no el que jugó en el Dépor, sino el del Medievo, e Isi, que tampoco es el del Rayo

Mientras Roma disfrutaba de su decadencia y los pueblos germánicos asumían que las fronteras estaban para cruzarlas, Elio Donato se convirtió en el precursor de la escritura medieval.

En lo que atañe a este artículo, el citado influencer juntó las normas sobre las pausas derivadas del trabajo de Quintiliano con los signos ortográficos griegos para crear las primeras reglas de puntuación.

A ver, más bien eran recomendaciones teóricas, pero obtuvieron una buena acogida. Concretamente, entre sus discípulos. De hecho, conoces a uno de ellos: Eusebio Hierónimo. ¿No? Caramba, a ver si te suena más con el otro nombre: san Jerónimo.

Este caballero de la sotana tradujo la Biblia al latín (de ahí, Vulgata: ‘para el pueblo’) con las directrices de puntuación que había aprendido de su maestro. Ahora entiendes por qué se hicieron tan populares, ¿verdad?

Aun así, estas normas carecieron de consideración «oficial» hasta el siglo VII, cuando Isidoro de Sevilla* alteró el sistema desarrollado por Aristófanes de Bizancio. Desde ese momento, los puntos indicarían la longitud de la pausa en función de la altura donde se colocasen:

  • Punto: PALABRA·PALABRA
  • Colon: PALABRA·PALABRA
  • Coma: PALABRAׅPALABRA

«Trabajé en la prueba de uno de mis poemas toda la mañana, y quité una coma. Por la tarde, la volví a poner».

Oscar Wilde.

Esta academización ortográfica determinaría la forma de escritura de la escolástica. Curiosamente, su gran referente era Aristóteles, quien, como ya he explicado antes, odiaba los signos de puntuación, y que se hubiera arrancado la barba tras ver lo que hicieron después en Irlanda.

*Influenciado por De ortographia, de Casiodoro.

Dejen espacio a las minúsculas, por favor

¿Recuerdas aquella encomiable labor de los monjes cristianos a la hora de preservar (con alguna modificación que otra) los cantos de los bardos celtas? Bueno, pues ahora verás su aportación a la escritura moderna.

Un escribano medieval, aparte de vestir los hábitos —la Iglesia de Roma había asumido la plena potestad cultural de Europa—, tenía la sagrada obligación de copiar textos (principalmente, la Biblia) pensados para leerse, no para escribirlos repetidas veces.

Cabe suponer que acabaron hasta la tonsura de tanta palabra junta, pues ralentizaba un trabajo ya de por sí bastante tedioso. Así que, en algún momento del siglo VII u VIII, los monasterios irlandeses y escoceses decidieron que, si existían signos de puntuación para marcar las pausas de respiración durante la lectura, ellos le darían un respiro a la escritura.

De esta forma, nacieron los espacios entre palabras, fosas blancas que enterraron a la scriptura continua en el cementerio del pasado. Aunque, por si acaso asomare la cabeza, cual vampiro engendrado, al otro lado del Canal le darían estacazo.

«En toda generación, hay una elegida…».

Buffy, cazavampiros.

Frisaba el siglo IX, y el hombre de moda se llamaba Carlomagno. Preocupado por la educación de su corte, invitó a Alcuino de York a encargarse de dicha función.

No está muy claro si el monarca o el inglés sugirió que, para facilitar la lectura —y el trabajo de los monjes—, usaran una letra distinta (carolingia), aparentemente creada en la abadía de Corbie. El caso es que, desde entonces, los textos pasaron de escribirse en mayúscula a minúscula.

Obviamente, este estilo se extendió por el resto de Europa a causa de la condición de Imperator Romanum gubernans Imperium del rey franco, lo que le convierte en el inventor de la netiqueta.

Una pregunta muy musical

La puntuación ortográfica guarda una relación muy estrecha con la música. No en vano, las marcas de entonación que se colocaban encima de las letras determinaban una cadencia melódica, si bien un tanto pobre y demasiado errática.

A raíz de la academización de los signos de puntuación, se desarrolló un sistema similar para los cánticos religiosos. Se conoce como «notación neumática», y es la precursora de los signos musicales actuales.

La cuestión, nunca mejor dicho, es que nuestro amigo Alcuino de York (¿pensabas que había acabado con él?) reemplazó los puntos de Isidoro por otros más armoniosos. Tan solo destacaré tres de ellos; más que nada, porque salen en este párrafo: punctus versus (;), punctus elevatus (:) y punctus interrogativus (?).

Los dos primeros correspondían a la notación rítmica (duración de las pausas). Empero, el tercero implicaba un cambio de entonación que, por si no te has percatado, es lo que haces cuando ¿preguntas? o ¡exclamas!

En efecto, «?» no diferenciaba entre preguntas y exclamaciones, aunque ya solucionarían este problema luego.

«La puntuación es la música del lenguaje. Del mismo modo que un director de orquesta puede influir en la experiencia de la canción, manipulando su ritmo, también la puntuación puede influir en la experiencia de la lectura, pues extrae lo mejor (o lo peor) de un texto».

A Dash of Style: The Art and Mastery of Punctuation, Noah Lukeman.

Como dato de interés, el español es el único idioma del mundo que emplea este signo al principio de una pregunta (¿) desde que así lo determinó la RAE en el siglo XVIII. Infaustamente, solo nos sentimos orgullosos de la eñe.

Del reduccionismo al todovalismo

Muy bonito lo de Carlomagno, pero sus sucesores no le cogieron el punto. Es más, redujeron los punctus a la mínima unidad (.) con una regla de colocación muy sencilla: ponlo donde te salga del laúd.

Esta simplificación alcanzó su cénit con Boncompagno da Signa (siglo XII), quien propuso limitar la puntuación a dos signos: «/» para las pausas y «-» para finalizar una frase.

El primero no cuajó del todo. El segundo, sí. Es más, de ahí saldrían los puntos suspensivos que, hasta el siglo XVI (creo), se escribían de esta manera: – – -.

No obstante, su guion plantearía un problema. Verás, Dioniso de Tracia (discípulo de Aristarco de Samotracia) introdujo un signo sublinear en la scriptura continua para que los lectores no confundieran una palabra («máscara») con dos («más cara»).

Siglos después, los monjes cambiaron su función. En lugar de unir, juntaba errores de separación por un espacio (di_me), y añadieron el guion doble en las palabras rotas al fin de línea (impresio=
nante).

«Hay gente que en una propuesta [de negocio] al cincuenta-cincuenta insiste en llevarse el guion también».

Laurence J. Peter.

En medio de una dispersión ortográfica considerable debido al exceso de teorías gramaticales, llega la imprenta. Por no discutir, utilizó todos los símbolos disponibles en la época, razón de que ahora tengamos tantos y de que el punto se coloque solo en la parte inferior.

El caso es que Gutenberg no podía imprimir el guion bajo de los monjes por motivos técnicos. Así que, lo reemplazó por el de Boncompagno da Signa. Poco después, Aldo Manucio fusionó su barra (/) con el punto de Aristófanes y de Isidoro, dando lugar a la forma moderna de la coma, lo que puso fin a su propuesta ortográfica definitivamente.

El símbolo de la discordia: el punto y coma

Aldo Manucio fue el veneciano responsable de la imagen mental que tienes sobre un libro, además del inventor del formato de bolsillo y de la tipografía cursiva (o «itálica»), si bien su diseño es obra del punzón de Francesco Griffo. Esto explica por qué también se la conoce como «letra aldina» y «letra grifa».

Ojo, no confundas esta «grifa» con «la otra grifa», cuyo nombre deriva del kif (‘cannabis’) árabe marroquí que, a su vez, proviene de kayf (‘alegría’).

A lo que iba; aparte de la coma, también creó el signo más controvertido de la historia de la ortografía: el punto y coma (;). Primero, porque no lo inventó (el punctus versus poseía la misma forma y función gramatical). Segundo, por las consecuencias que verás a continuación:

  • Su normativa de empleo provocó un duelo en 1837.
  • Dejó seis años sin alcohol a Boston a principios del siglo XX.
  • Detuvo temporalmente la persecución de nazis tras finalizar la Segunda Guerra Mundial.

«Tenía la cara morena, de rayos UVA y, en ese momento, arrugada de abrir su bocaza para reírse de mí. Estaba a punto de mandarlo a tomar por culo; a punto y coma de, diría yo. Pero me abstuve».

Nuevayorkana, Jose Flores.

Con este currículum, normal que Kurt Vonnegut, Hemingway, Edward Abbey o Mark Twain lo rechacen. Todo lo contrario que Virginia Woolf, F. Scott Fitzgerald, Milan Kundera, William James y Jose Flores.

Aun así, ni yo lo he querido tanto como Ben Jonson, el dramaturgo con nombre de deportista,* que lo usó hasta la saciedad y le otorgó las reglas que provocaron el duelo.

*Un famoso atleta de los ochenta y un futbolista del West Ham United se llaman de esta manera.

El signo de exclamación

Como habrás comprobado, he prescindido de leyendas sobre el origen de los signos de puntuación por mor de mi riguroso canon de objetividad. Pues, bien, ahora me lo saltaré, fiel a mi ausencia de criterio selectivo.

Por si acaso ya lo has olvidado, el signo de interrogación advierte al lector de un cambio de entonación en su oratoria. Nada más. Sin matices. Ad lib.

Tampoco te sorprendas. Después de todo, un orador profesional cursaba unos estudios donde le preparaban para reaccionar ante los cambios de modulación o a musitar con elegancia en caso de interpretar mal el texto y verse obligado a improvisar. Justo lo que le pasaba al pueblo llano, pero sin clase ni estilo.

Ahora, visualiza el rostro de un cura mientras escucha a su rebaño cantando los salmos que portan en sus manos. Llega el momento de la subida, de la exaltación pasional, del loor supremo al Divino… y farfullan sonidos con tono dubitativo.

En vista del desastre, el siervo de Dios se acerca a una abadía y suplica a sus hermanos que desarrollen un símbolo, una marca, una alegoría conceptual que trasmita alegría a esas voces pecadoras.

Los monjes encomiendan tan jubilosa misión a un amanuense quien, concentrado en la copia de su novena Biblia, se rasca un instante la calva, sumerge una pluma en la tinta y pinta este signo: «!».

En realidad, tan solo ha escrito una palabra: IO, una interjección latina que significa ‘gozo, alegría’. Aun así, cumple su función con creces. Y este es el origen del signo de exclamación.

De la admiración a la exclamación

Bueno, sería el origen de la exclamación si contásemos con alguna prueba que lo corroborase. Al fin y al cabo, otra historia cuenta algo parecido respecto al signo de interrogación: los monjes escribían «questio» en los textos, lo abreviaron como «qo» y, de ahí, a un símbolo caligráfico escrito con rapidez.*

También se dice que su creador fue Iacopo Alpoleio da Urbisaglia (siglo XIV), quien lo llamó punctus admirativus. Quizá sea cierto o, tal vez, se lo apropiase con tal de obtener fama.

En fin, nunca lo sabremos. Aunque, si te has fijado, el nombre del signo no era «de exclamación», sino «de admiración». Probablemente, esto te parecerá irrelevante. Empero, esta distinción resultó motivo de debate (sin duelos) en el siglo XVIII.

El motivo de la disputa residía en que «admiración» denota un tipo de emoción mientras que «exclamación» es un grito sin más. No es broma; la pugna entre ambas definiciones se mantuvo hasta el siglo XIX.

Bienhadados seamos de que solo le cambiasen el nombre y que no añadiesen más signos expresivos. Bueno, sí; Scott Fahlman lo hizo, pero en 1982, cuando inventó los emoticones.

«En América usan los signos de exclamación para convertir todo en estupendo; en Francia, para hacer todo terrible. Pero, aquí, en Inglaterra, no los usamos en absoluto».

Neel Burton.

Como dato de interés, el español es el único idioma del mundo que emplea este signo al principio de una exclamación (¡) desde que así lo determinó la RAE en el siglo XIX. Infaustamente, solo nos sentimos orgullosos de la eñe.

*Hay otra que dice que lo inventó un egipcio, inspirado en la forma de la cola de un gato. Ríete, pero usamos una letra que representa el rabo de un mono, así que no descartes tan rápido esta posibilidad.

Las comillas, de mil padres, hijas

Normalmente, la parte más complicada de una investigación corresponde a la localización del origen primigenio del asunto, y la más sencilla a la de su desarrollo. Bueno, pues en el caso de las comillas, sucede todo lo contrario.

«¿No habría quedado más clara la frase “Quiero poner un guion entre las palabras Pescado y Y y Y y Patatas Fritas en mi cartel de Pescado-y-Patatas Fritas” si hubieran puesto comillas antes de Pescado, y entre Pescado y y, y y y Y, y Y y y, y y y Y, y Y y y, y y y Patatas Fritas, como también después de Patatas Fritas?».

Martin Gardner.

De dónde provienen, está níquel: la diple (>) de Aristarco de Samotracia. También sabemos que lo emplearon los copistas cristianos, ya que Isidoro de Sevilla nos explica que la usaban «para separar o indicar citas de las Sagradas Escrituras».

Llegados a este punto, su historia rezuma el aroma de alcrebite característico del infierno. Empero, como no temo al Erebo, he sondeado las fuentes de su fuego hasta disponer de una cronología ardiente de fallas.

En resumen, del siglo VI al XV, hay un vacío inmenso, y entre el XV y el XVI, una intensa nube de humo. Lo único seguro es que, durante este periodo de Mordor, la diple se duplicó con el formato de las comillas amarillas* que identifican las citas en este artículo, aparte de que se colocaban en el margen. Espero haberte ayudado con mis descubrimientos.

*Si te fijas, son dos comas juntas. Por eso se llaman «comillas».

Las comillas movedizas

Afortunadamente, vislumbré más claridad a partir del XVII, siglo en el que Inglaterra introduce las comillas dentro del texto. Poco a poco, el resto de naciones siguió esta tónica, aunque tampoco puedo corroborar que los británicos fueran los primeros en sacar la diple doble del margen.

En el siglo XIX, Francia cambia las comillas curvadas por rectangulares (« ») con el fin de diferenciar este signo de los apóstrofos, comas y paréntesis. En cambio, Inglaterra lo mantiene, pero lo sube a la altura de las mayúsculas (“ “) para que el texto respire, sin percatarse de que ahogan al apóstrofo: He spoke to “the players’” friends after the show.

Debido a esta alteración, denominamos «latinas» o «españolas» a las comillas con la estética francesa mientras que las otras se conocen como «comillas inglesas». Por lo tanto, no uses las segundas cuando escribas, porque las oficiales en nuestra lengua son las primeras.

Por último, los alemanes emplean las comillas con tres formatos distintos: « », » « y ,, “. Eso sí, también aceptan “ “ o ‘ ‘, aunque solo para internet y la escritura manual. El español, no. Así que, apréndete las reglas.

¡Ah! Casi me olvido. El paréntesis no es más que una variante redondeada de la diple, tras una modificación de Gasparino Barzizza en el siglo XV.

El resto de los signos de puntuación

Este apartado es muy breve: si ves que falta algún signo de puntuación por mencionar, asume que lo crearon en la Biblioteca de Alejandría o que proviene de una notación musical.

En caso contrario, es muy antiguo, probablemente hebreo, tal vez egipcio, o apareció en el siglo XX.

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