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¿Merece la pena hacer un curso de escritura?

Una vez cerrada la creación de personajes, llega el momento de abrir el debate. O, mejor dicho, de enfrentar mitos contra realidades. Para ello, te planteo la siguiente pregunta: si escribes o quieres escribir un libro, ¿merece la pena hacer un curso de escritura?

El eje central de este artículo versa sobre las diferentes corrientes creativas, con sus virtudes y defectos, sin acritud ni miramientos. Por supuesto, no todo el mundo estará de acuerdo con lo que diga, algo que me parece estupendo.

Tan solo soy un escritor que aprecia la calidad y la originalidad. Por lo tanto, mientras haya pluralidad de opiniones, mantendremos la literatura viva y variada en lugar de estancada. Al menos, esto es lo que pienso.

Tipos de escritores

Igual que tus actos te definen como persona, tu modus operandi determina el tipo de escritor que eres. Cabe decir que la nomenclatura que ahora verás no corresponde a ningún tratado concreto porque, fiel a mi estilo, me la he inventado.

  • Académico.
  • Improvisador.

De manera resumida, cada corriente se diferencia por el modo en el que prepara la novela. O sea, un académico invierte más tiempo de trabajo preliminar que un improvisador antes de redactar la historia.

Ahora bien, no caigas en la dualidad absoluta. Al igual que con la temperatura, donde «calor» y «frío» representan dos sensaciones térmicas bien diferenciadas pero graduables según su intensidad, comprobarás que hay improvisadores muy académicos y viceversa.

En cualquier caso, un escritor, con independencia del sistema que emplee, producirá obras sólidas, interesantes y originales, siempre y cuando disponga de tablas y de talento. Empero, ¿esto te lo aporta un curso de escritura?

«Pronto sabréis el tuáutem».

Gargantúa, François Rabelais.

De una ostia, se aprende

Hoy, después de comer unas ostras* estupendas, me he percatado de que los escritores se forman igual que las perlas. Verás, cualquiera de estos bivalvos puede crearlas, siempre y cuando se cuele (o le introduzcamos) un objeto extraño en su interior.

Incapacitado para expulsarlo, el molusco reaccionará y se protegerá, cubriéndolo de capas y capas de nácar durante años hasta modelar una preciada concreción de diversas formas —una de ellas, la barroca, amantes del minimalismo— y variados colores.

«Un hombre al que no le gusten las ostras, los espárragos y los buenos vinos […] tiene el instinto de ser infeliz altamente desarrollado».

Saki (Hector Hugh Munro).

En el caso de una persona, si sabe leer y usar un bolígrafo, reúne los requisitos básicos para convertirse en escritor. Aun así, necesita «ingerir» un elemento externo primero: inspiración o, en su defecto, deseo. A continuación, pulirá su estilo mediante hojas y hojas de cuentos, relatos y novelas, algo que le llevará bastante tiempo, pero que lo convertirá en una joya literaria, ya que dominará diferentes géneros, además de temáticas variadas.

Con todo, la ostra produce perlas por instinto. Los humanos, en cambio, debemos adquirir la técnica y el conocimiento de este tipo de escritura. Lo cual, como acabas de ver, implica mucho esfuerzo. Especialmente, si careces de una guía.

Piensa en cuánto tiempo habrías tardado en transcribir las letras de pequeño sin un cuaderno Rubio. Pues esta función la cumplen los cursos de escritura, aunque también los libros específicos sobre esta materia.

*En castellano antiguo, «ostra». La otra se escribe con hache. De nada.

Leo, luego escribo

Seré sincero; si no lees, ni te molestes en hacer un curso de escritura. Tampoco es necesario que devores libros, ojo. Mientras practiques la sana costumbre de la lectura con regularidad, sabrás cuál es el objetivo final de la formación.

Asimismo, leer mucho no te enseña a escribir, salvo que te olvides de la trama y analices los libros desde el punto de visto técnico. Esto te proporcionará visión estructural, estilística y semántica, aunque no se trata de algo que descubras en un solo día.

«Le debo todo lo que soy y todo lo que seré a los libros».

Gary Paulsen.

Un curso de escritura, según mi exposición anterior, agiliza ese hallazgo, pues te enseña la teoría literaria. De igual manera, uno de escritura creativa potencia tu percepción y enfoque de la escritura para que no te encastilles en un estilo plano o anodino.

Suena mirífico, ¿verdad? En cierto modo, lo es. Al fin y al cabo, estos cursos inician en el mundo de la escritura a los novelistas neófitos, aparte de ofrecer recursos muy prácticos. Empero, no los confundas con santos porque, debajo de su hábito, esconden el rabo retorcido y renegrido de una secta.

En efecto; aparte del sistema académico, predican sus normas estilísticas como la única literatura válida. Es más; lomean airados con soberbia cuando alguien no acata sus reglas. Fanáticos, radicales, elitistas y proselitistas, estos okupas del Parnaso se han erigido poseedores de la verdad absoluta de las letras, adueñándose de la cara de la moneda para ponerle la cruz al resto, iluminándote mientras te hacen luz de gas.

Lógico; si aceptaren otro credo distinto al suyo, perderían la exclusividad de un negocio que engulle aprendices intrigados y escupe acólitos envarados. Mira, otra cosa buena que tienen: también te enseñan a ser arrogante.

A escribir se aprende escribiendo

La escritura, al igual que las demás actividades artísticas, físicas e intelectuales, exige práctica constante y disciplina por un lado, y conocimiento técnico y honestidad crítica por el otro.

El primer bloque muestra tu grado de compromiso con la literatura. Ten en cuenta que la escritura, además de plasmar palabras en una hoja, conlleva preparación, organización, estructuración, consulta, lectura, reflexión y edición. Por consiguiente, si has calculado una hora de trabajo efectivo al día, asume que probablemente dediques dos o tres al final.

«Es el tiempo que pasaste con tu rosa lo que hace a tu rosa tan importante».

El Principito, Antoine de Saint-Exupéry.

Simplemente por esta razón, merece la pena hacer un curso de escritura, porque te enseña una metodología. No es la única que existe (cada escritor tiene la suya propia), pero aprendes a organizarte. En consecuencia, mejorarás tu rendimiento dentro del mismo plazo de tiempo.

Sobre el conocimiento técnico, ya he explicado la importancia vital que tiene para un escritor. Lo puedes adquirir a través de un curso de escritura o por tu cuenta. Eso sí, la última opción cuesta mucho.

Si, a pesar de todo, escoges este sistema, busca libros relacionados con la teoría literaria. Te sugiero (hay más)* El héroe de las mil caras, de Joseph Campbell, o El viaje del escritor, de Christopher Vogler (discípulo del anterior), dado que se enfocan en la estructura argumental.

De hecho, buena parte de su contenido coincide con el de los cursos de escritura. Es decir, aprenderás lo mismo que si te apuntas a uno— más o menos—, aunque no te darán un título cuando los termines.

*Si quieres un libro original, cero técnico, para el desarrollo de los personajes, léete Vidas imaginarias, de Marcel Schwob.

La honestidad crítica

¡Augusta mente! ¡De donde brotan las historias eres fuente! Esclavo soy de tus designios; mis dedos, tus siervos fieles.

Pues sí, debajo del cráneo se extiende la pradera de la imaginación, donde galopan hermosos corceles hacia la puesta de sol. Por desgracia, de vez en cuando, aparece un caballo indómito en medio del idilio, que cocea tu criterio para transformarte en un juiciero.

Ese caballo eres tú, el mayor reto al que te enfrentarás durante la escritura. Únicamente lo ensillarás si desarrollas la honestidad crítica, otro nombre que me he inventado. Empero, no su significado.

«Cuando Alá quiso crear el caballo, le dijo al viento del sur: “Quiero hacer una criatura de ti. Condénsate”. Y el viento se condensó».

Abd al-Qadir, en una carta al general Eugene Dumas (Los caballos del Sáhara).

Venga, te lo explico. Supón que has escrito cuatro hojas en un día. Según tu opinión, lo has bordado. Es más, decides leerlo para regocijo de tu ego. Entonces, notas un murmullo reprobatorio que te informa de que algo no está tan bien como creías.

Lo ignoras, claro. Pero el ruido insiste y persiste en tu cabeza. Así que, te revuelves, te ofendes y sacas las uñas. «¡Yo soy un genio!», gritas. O, si eres más humilde, resoplas: «Bah, paso. Se entiende». Total, que no cambias nada, y sigues disfrutando de tu lectura.

«Bien hecho», asiente el caballo.

Yo soy la enfermedad y yo soy la cura

El runrún que has sentido, en realidad, se trata de una alarma. Tu mente ha visto un error e, inmediatamente, te advierte de esta situación. Eso sí, por educación, no te lo dice a la cara, sino con un sutil carraspeo. Por lo tanto, nada más escucharlo, asume que algo de lo que has escrito está mal. O todo.

Si se trata de un fallo editable (ortotipografía, repeticiones, etc.), se corrige y adiós, muy buenas. En cambio, cuando afecta a la calidad, a la estructura, al contenido o al estilo, tendrás un serio problema, porque el caballo relinchará con fuerza. No obstante, recuerda que tú también eres hinnible.

Aquí es donde interviene la honestidad crítica, una valoración literaria objetiva (dentro de lo que cabe) que haces de tu texto. Revísalo, localiza la parte que «pita» y toma una de estas medidas: cambiarlo, reescribirlo o quitarlo.

«Nada es para siempre, excepto el cambio».

Buda.

Obviamente, pasarás mucho tiempo claudicando ante el caballo hasta que dispongas de la experiencia suficiente como para emitir un juicio profesional lógico. Los cursos de escritura, por suerte, te aportarán el conocimiento compositivo y estilístico del que adoleces para enfrentarte al malvado équido cuando se manifieste.

Aun así, pactarás con el diablo. Infatuados como están con sus normas de escritura, te condicionarán para que las emplees y desdeñes las otras. Es decir, te domarán a ti en lugar de al caballo.

Cuidado, no entiendas por esto que siguen un criterio incorrecto. Al contrario; es perfectamente válido y, de hecho, muy efectivo. No en vano, han copiado el de la literatura juvenil, aunque han cambiado los protagonistas por adultos para disimular. Simplemente me urtica su reificación de la literatura y la prepotencia con la que juzgan al resto de estilos.

Reflexiones postreras

Todos los estilos y géneros literarios son buenos, pero unos venden más que otros. Esto lo saben muy bien las editoriales, cuyas políticas de publicación valoran la rentabilidad por encima de la variedad e, incluso, la calidad.

Por lo tanto, si quieres que se fijen en ti, merece la pena hacer un curso de escritura. No te garantizará que te cojan, pero dispondrás de más oportunidades que el resto.

Por otro lado, se ajustan a la moda. O sea, al tipo de literatura que «se lleva» ahora: simple, sencilla, directa, mínima. Vamos, reflejo de una sociedad cuyos pilares culturales son los bailes en Tik Tok, Sálvame, el fútbol, el reguetón, el trap y películas donde el humor se centra en pedos, porrazos y potas.

Bueno, esto ha sido un ataque gratuito, lo reconozco. También hay excelentes contenidos en YouTube y miríficos compositores minimalistas, como Philip Glass o Daniel López-Vázquez, por ejemplo.

A lo que iba; en un curso de escritura aprenderás una técnica, un sistema de trabajo (el académico), la teoría literaria y unas normas estilísticas que, si te las tomas como lo que son (unas normas concretas para un estilo determinado), saldrás con mucho ganado.

Empero, no te enseñarán a escribir. Al menos, no de la manera que crees, porque se limitan a inculcarte un método de preparación y una plantilla de estructuración acorde a los deseos editoriales en poco tiempo.

En consecuencia, tu libro tendrá veinte páginas de inicio estupendas —lo que se lee la editorial con el fin de evaluar su capacidad de enganchar a los lectores—, un desarrollo brumoso y un final acelerado. Aun así, veras cómo te felicitan con un «se lee rápido y está bien escrito». Ahora, recuerda lo que te he dicho respecto a la honestidad crítica.

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