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La literatura celta: una temática de otro mundo

Ahora que ya conoces la magia de su formato, yo, quien te escribe, revelaré el argumento de la literatura celta: una temática de otro mundo. En efecto, se trata de una hipérbole, pero también de una definición literal. Es más, acostúmbrate a esta estructura de frase, porque aparecerá con bastante frecuencia a lo largo del artículo.

Espera, no te vayas; el contenido también cuenta con información de excelso valor literario, como el universo que propició los mitos celtas que revolucionarían la historia de las letras. Te garantizo que te llevarás más de una sorpresa o, cuanto menos, comprenderás mejor ciertas novelas.

Si estas palabras han despertado tu interés, busca la comodidad en tu cuerpo para recorrer la senda intelectual de los druidas a través de los caminos paralelos de los bardos y de los vates. En caso de que no te suenen estos nombres, léete primero «Orígenes de la literatura celta».

La literatura celta: una realidad fantástica

Dentro de la literatura indoeuropea, las personas y los dioses ocupan el papel protagonista a modo de historias paralelas que se entremezclan entre sí. De esta manera, lo verdadero y lo ficticio se funden en un universo compacto, aunque bien diferenciado. Bueno, pues la literatura celta ignora ese detalle y prescinde de sutilezas genéricas. Es decir; es real pero fantástica al mismo tiempo.

De momento, quédate con esa idea, porque, primero, conocerás las dos temáticas que conforman el grueso de su obra. Una, la superior, de la que trata parte de este artículo. La otra incluye adivinanzas, sátira, himnos religiosos, nanas, baladas, proverbios y chistes que no desarrollaré aquí. Salvo ahora, para decirte que aparecen en las obras de la otra temática como recurso.

«Si en el plazo de un año encuentras la solución a mi acertijo, te dejaré ir»

La boda de Sir Gawain y Dame Ragnell

A su vez, la temática superior se divide entre mitos y sagas. Los primeros dan respuesta a las preguntas existenciales humanas, por lo que deducirás que corresponden a las enseñanzas de los druidas. En cambio, las segundas cuentan las hazañas de un héroe, una temática más afín a la función de los bardos. Por desgracia, esta lógica es correcta, pero también falsa, puesto que los bardos literaturizaron la sabiduría druídica al mismo tiempo que esta influía en el argumento de sus composiciones.

¿Ya te has hecho un lío? Bueno, quizá desenredes tu cerebro cuando leas el siguiente apartado. Comprobarás que te lo dejará más claro, pero aumentará tu embrollo.

Los mitos celtas

Poco sabemos de la cosmogonía celta, por el motivo que ya conoces de sobra: ausencia de fuentes escritas. Aun así, los historiadores antiguos y los poemas medievales nos han dejado información suficiente sobre sus creencias, de modo que disponemos de una buena serie de datos al respecto.

Por ejemplo —esta era fácil—, que profesaban una religión politeísta, con deidades repartidas entre el cielo y la tierra. En general, las de arriba eran masculinas y las de abajo, femeninas, ya que la vida nace del suelo mientras que la fecundación proviene de las alturas (sol, lluvia, etc.). No obstante, varios dioses y diosas cambiaron de lado con el tiempo. Ellos lo hicieron cuando los celtas pusieron sus nombres a sus asentamientos. Ellas, ni idea. Supongo que para darles mayor relevancia. Lo cual tiene sentido, pero igual estoy equivocado.

Otro elemento religioso común con el resto de pueblos indoeuropeos aparece en el culto al número tres. Su simbología está asociada a la fertilidad, tanto del campo como de las personas, de ahí que los celtas la representen con la triple manifestación de una diosa: Matres (nombre romano).

«Double, double, toil and trouble; fire burn and cauldron bubble»

Canción de las tres brujas en MacBeth, William Shakespeare.

Ahora bien, el número tres también se aplica al avance por la vida (juventud, madurez, vejez) y al aprendizaje derivado del crecimiento, de la observación y del desplazamiento. Todo esto lo representa un símbolo exclusivo de los druidas: el trisquel.

Por otro lado, esta simbiosis entre crecimiento estacional, fases de la vida y obtención de sabiduría genera una espiral de transformación constante. Esto no solo afecta a la alteración de las formas, sino a la concepción de la muerte.

Un pueblo con mucha alma

Con estas palabras, Leopold Bloom, protagonista de Ulises, le explica la metempsicosis a su mujer, Molly, mientras desayunan:

«Algunas personas creen que siguen viviendo en otro cuerpo después de la muerte…»

Ulises, James Joyce.

Los celtas eran algunas de esas personas que creían en la transmigración del alma. Es más, Pitágoras desarrolló esta idea después de pasar una temporada con ellos. O con los magos persas. O con nadie, dado que no dejó material escrito, su escuela practicaba el secretismo y las escasas historias sobre su vida aparecen dos siglos tras su época. Por tanto, todo esto puede ser verdadero, pero también falso.

Volviendo al alma y a su inmortalidad, los celtas contemplan la vida como un proceso de transformación constante, ya que formamos parte de la naturaleza y, por tanto, reproducimos su ciclo estacional:

  • Primavera: nacimiento, aprendizaje.
  • Verano: madurez, consolidación.
  • Otoño: vejez, sabiduría.
  • Invierno: muerte, propósitos nuevos.

El momento crucial en su calendario correspondía al solsticio de invierno: alfa y omega del año, donde las largas noches claudican ante el renacimiento del sol. O sea, es un final, pero, también, un principio. Por consiguiente, los druidas dedujeron que, si el proceso nunca se detenía, nuestra existencia continuaba del mismo modo. Eso sí, ¿dónde?

Los tres mundos que son dos, pero son cuatro o cinco a la vez

El hecho de que los celtas alojasen a sus dioses en el cielo indica una disposición mental para separar el mundo terrenal del divino. Asimismo, su presencia en la tierra es propia del animismo, que combina la distinción anterior dentro de un mismo «envase».

En consecuencia, si los dioses contaban con dos planos existenciales, uno visible y el otro no, nosotros debíamos de tener otro similar, imaginario pero real. Solo que, como no somos dioses, este lugar se hallaría en la tierra —al igual que las deidades locales— pero distinto, por nuestra condición no divina.

De esta forma, el universo celta se divide entre un plano celestial (exclusivo para los dioses) y otro terrenal, que compartimos con otras divinidades invisibles y el Otro Mundo, hogar de las almas.

La ubicación del Otro Mundo varía en función de las tribus. No obstante, la tendencia general lo situaba en las islas pequeñas del mar, motivo por el que se ponen los cadáveres en un bote o balsa para que las aguas se lo lleven a su destino final, pero principio de otra vida.

Claro, tampoco olvides que la sociedad celta se caracterizaba por la igualdad, pero estaba muy jerarquizada. Así que, el Otro Mundo se reservaba para aquellas personas que, por su contribución a la tribu y respeto a las leyes, mereciese la pena conservar en el plano terrenal. Al resto se los enterraba, quemaba o arrojaba a una turbera, rumbo al Inframundo.

En cuanto al plano terrenal divino, las deidades de aquí se mudaron al celestial o, mejor dicho, las reemplazaron por seres mágicos, como las hadas y los monstruos. Por supuesto, existe, pero es invisible para los humanos. Quizá comprendas mejor la función de este mundo si te pongo un ejemplo: Hogwarts, en Harry Potter.

Continuación y conclusión épica del apartado anterior

Otra vez que me quedo sin espacio… SEO, Inframundo, ya. Calla, voz interior. A ver, respecto al valor literario del Otro Mundo, créeme que es incalculable, puesto que conservó las almas de los héroes celtas junto con sus historias.

Así, gracias a la labor de los bardos, su recuerdo perduró y llegó hasta nuestros días. Eso sí, a través de poemas considerablemente alterados, como te expliqué en el artículo anterior.

En otras palabras, las almas se reencarnaron a través de sus acciones en lugar de con su nombre. Esto ha dado lugar a infinidad de poemas que perpetúan la vida de una persona en el cuerpo de otros protagonistas, como la historia de Finn, que pasó a la de Mongán primero y a la de Taliesin después hasta consolidarse en la del Rey Arturo.

El siguiente apunte incumbe a la coexistencia de múltiples universos dentro de uno. De no haber sido por esta cosmogonía, te habrías perdido la saga de Mundodisco, de Terry Pratchett o El señor de los anillos, de J.R. R. Tolkien, entre otras joyas de la literatura.

«Abre tus ojos y, luego, abre tus ojos otra vez»

Los pequeños hombres libres, Terry Pratchett.

Por cierto, quizá no tenga nada que ver, pero te lo cuento igualmente. La forma del trisquel coincide con la del ácido bórico. Si el primero simboliza la conservación de la sabiduría, uno de los usos del segundo es la preservación de alimentos. Suena a coincidencia maravillosa, pero es solo casualidad. Ya está.

Mientras los bardos transmitían la memoria de sus personajes más ilustres, los druidas se comunicaban con los dioses. En vista de que esa conexión residía en la naturaleza, pasaban el día en los bosques. ¿Por qué?, te preguntarás. A ver, adivina qué hay en cualquier bosque…

El brutal simbolismo de los árboles, de los pájaros y, sobre todo, de los peces

En efecto; árboles, seres que nacen en la tierra y crecen en dirección al cielo, columnas de madera en contacto con el plano inferior y superior al mismo tiempo. Todos ellos resultaban vitales para su aprendizaje, bien por temas medicinales o espirituales.

Entre los segundos, destacan dos: el manzano y el roble. Uno proporcionaba la fruta sagrada (si la cortas por la mitad, de lado, el corazón forma una estrella) que el cristianismo asoció con el fruto prohibido, aun cuando la Biblia no la identifica como tal. Ahora, ya sabes el motivo. No pasa nada; su recuerdo subsiste en las bolas y estrellas del árbol de Navidad, que es originario de los celtas, por cierto.

El roble, en cambio, lo veneraban porque en sus ramas crecía el muérdago, la planta divina por excelencia. Como sus raíces no tocaban el suelo, asumieron que poseía un valor mágico. De hecho, las parejas se casaban debajo de él para asegurarse la fertilidad (sus bayas producen un jugo blanco y viscoso que no hace falta que te explique lo que simboliza). De nuevo, el cristianismo lo reemplazó por el acebo.

El muérdago tiene este crecimiento místico a causa de los pájaros que hacían sus deposiciones en las ramas. Claro, no se trataba de un animal cualquiera, sino del intermediario de los dioses, ya que, al igual que los árboles, habita en los dos planos existenciales principales.

Empero, ¿qué demonios tenían los peces? En este caso, su componente místico se localiza en el agua, el canal que recorren las almas cuando se dirigen al Otro Mundo. Aunque, hay un pez que realiza el camino inverso a contracorriente. Sí, el salmón, mi clickbait para la semana que viene.

Continuará…

Bueno, el artículo ha llegado a su fin, pero también al principio de la segunda parte sobre La literatura celta: una temática de otro mundo. Aquí, analizaré los elementos de sus sagas, además de desvelarte el secreto del salmón.

«Y, así, termina esta rama del Mabinogion»

The Mabinogion.
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