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Consejos para escribir: la estructura argumental alternativa (Parte final)

Pues, nada, ya has llegado al final de la serie. Tan solo te falta este artículo de consejos para escribir: la estructura argumental alternativa (parte final). Espero que hayas disfrutado con el tema y que pongas rojo de un clic al corazón que palpita afligido y desdeñado debajo del titular cuando termines la lectura.

Resumiré el contenido con el que deleitaré a tus ojos a través de un ejemplo muy gráfico. Si la estructura argumental clásica fuere una obra de teatro, la alternativa semejare más al caos de un cabaré. Por tanto, deja tus problemas fuera y olvida el desengaño de la vida, porque aquí, en los consejos para escribir: la estructura argumental alternativa (parte final), la vida es hermosa, las palabras son hermosas y hasta quien dirige la orquesta tiene su aquel.

Mal-abares y bien-abares

El primer número del espectáculo de hoy te ofrece un sexteto de malabaristas. Uno de ellos combinará los elementos de la estructura argumental de modo clásico mientras que el resto alterará la línea temporal. Sin mayor dilación, observa el resultado de su actuación:

  • ABC: Inicio-Desarrollo-Desenlace
  • ACB: Inicio-Desenlace-Desarrollo
  • BAC: Desarrollo-Inicio-Desenlace
  • BCA: Desarrollo-Desenlace-Inicio
  • CAB: Desenlace-Inicio-Desarrollo
  • CBA: Desenlace-Desarrollo-Inicio

En fin, hora que cambiar la chistera y el esmoquin por el traje de tweed del escritor. Aunque las matemáticas admitan todas estas opciones, la literatura arruga su nariz si el orden lógico que sigue una historia sufre modificaciones. De ahí, la preferencia por la estructura clásica (ABC) cuando se escribe un libro.

Con todo, hay dos estructuras que, bien empleadas, aportan originalidad argumental a tu novela. Me refiero a CBA y BAC. La primera narra la historia de modo invertido, desvelando la consecuencia, pero ocultando la causa. La segunda, en cambio, plantea una situación antes de explicarte la causa y rematar con la consecuencia.

Fíjate que tanto CBA como BAC prescinden de la parte de inicio (A) al principio de la historia. Es decir, privan al lector de un punto de referencia clave. Quizá esto te parezca un riesgo. Sin embargo, su efectividad reside en que activa la curiosidad y la capacidad analítica de quien las lee.

«Pero ¿cómo había comenzado todo?».

Las bodas de Cadmo y Harmonía, Roberto Calasso.

Las otras opciones (ACB, BCA, CAB) suponen una ruptura lineal excesiva para la comprensión de la historia. De todas formas, no las descartes todavía, que siempre rascaremos algo.

El huevo, la gallina y el placer por los puzles

¿Te acuerdas de Scheherezade y su manejo de las partes estructurales? Si no es así, pincha en el enlace antes de continuar.

La alteración en el orden no tiene por qué afectar a toda la historia que escribas. Recuerda que cada bloque se divide en tres partes y que cada una de ellas repite este proceso hasta el infinito. Así que, aprovecha esta fertilidad estructural para jugar con tus lectores en momentos determinados.

Por ejemplo, Olen Steinhauser comienza The Tourist con un viaje (a+b+c) en el que intercala una experiencia sucedida unas cuantas horas antes. Más o menos, con esta estructura: a(a1+c2+a2) + b(b1+b2) + c(c1). A su vez, introduce una catábasis en (a), de tal manera que presenta las piezas de la trama y del protagonista para que tú bocetes la historia.

¿Te parece complicado? Lee el libro y verás que no lo es tanto. De hecho, las preguntas que surgirán en tu cabeza te incitarán a continuar la lectura en busca de más información. Y, al mismo tiempo, anticiparás que ocurrirá algo interesante luego, sin saber el motivo. Bueno, pues esto es lo que te proporciona la estructura alternativa: originalidad y entretenimiento.

Por desgracia, también implica trabajo. Aparte del tiempo que requiere su construcción, pasarás muchas horas reescribiendo lo reescrito hasta que cada parte cuadre con la historia. No desesperes; experimenta hasta pillarle el truco. Porque, precisamente, el origen de esta estructura surgió de un experimento en la época que narra MuArte. Y muchos se llevaron las manos a la cabeza al leer su resultado.

«Baila primero. Piensa después. Es el orden natural».

Samuel Beckett.

latot etrA y omsidraugnaV

A finales del XIX, las corrientes vanguardistas pusieron patas arriba todo aquello relacionado con la estética artística. Quizá te suenen más la parte pictórica y arquitectónica que la literaria. Pero, créeme que la hubo. No obstante, solo se notó en la poesía y en el teatro, porque las novelas se publicaban en revistas por fascículos. ¿Entiendes ahora por qué se usa la estructura argumental clásica? Exigencia editorial.

Ya hablaré de este tema en otro artículo, calma. De momento, veamos sus primerizos consejos para escribir acerca de la estructura argumental alternativa . Una cosa; donde pone «consejos», reemplázalo por «obligaciones», porque esta gente gustaba de comunicarse en imperativo.

De toda la amalgama de estilos vanguardiastas, tres corrientes aportaron algo novedoso a la escritura. El cubismo se centró en un nuevo tipo de poesía, donde los versos componían formas, sin métrica y rima al gusto del autor. El dadaísmo, en cambio… A ver, cómo te lo explico. Mira, mejor te paso sus instrucciones estilísticas para que lo veas más claro.

Por último, el futurismo estableció unas normas de escritura fieles al pensamiento de Marinetti. Es decir, directas. Exigía novelas novedosas y dinámicas (como las máquinas que admiraba), sin adjetivos ni adverbios, además del uso de verbos en infinitivo. El resultado final generó una obra repleta de violencia, racismo, fascismo y machismo. Así que, procura no leerla si te ofendes con facilidad.

El autor más representativo de este período es Apollinaire. Caligramas y anagramas aparte, también bautizó al estilo vanguardista que irrumpió en 1917 y que transformaría la estructura argumental por completo.

«Era tan hermosa que nunca te hubieras atrevido a amarla».

Alcoholes, Guillaume Apollinaire.

El sueño de la existencia florece en el jardín prohibido de lo mágico

En efecto, me ha quedado un titular precioso. Y preciso; define a la perfección lo que pasaría en el mundo literario después de que André Breton ocupase el trono artístico en París. Cúbrete, tú, quien me lees, porque la bomba surrealista está a punto de estallar.

El cambio más radical que jamás haya vivido el mundo literario lo engendraron un padre cocainómano y una madre camorrista. Él, Sigmund Freud, quien creó el psicoanálisis tras dejar las drogas. Ella, la primera. O sea, la Primera Guerra Mundial, cuyas secuelas cambiarían la mentalidad jingoísta y ultranacionalista europea.

Fruto de este entorno, apareció el absurdo del dadaísmo. Esta burla artística duró tres maravillosos años, durante los cuales sus integrantes más «serios» crearon el surrealismo, el estilo que recuperó definitivamente la sensualidad emocional del Romanticismo.

Sus características, grosso modo son:

  • Un fuerte carácter introspectivo.
  • Exploración y experimentación con técnicas espontáneas —ya que derivaban del inconsciente— y non sequitur.
  • Creación rápida.
  • Una estética orientada hacia el simbolismo.
  • Creaciones imaginarias sobre la realidad (ver: Jean Cocteau y su experiencia con el opio).
  • Orientación creativa hacia la Gesamtkunstwerk.
  • Influencia intelectual de Henri Bergson, Swedenborg, Jung y Freud.
  • Alto interés por el espiritismo.

Tal vez te preguntes qué tiene esto que ver con los consejos para escribir: la estructura argumental alternativa. Bueno, llegado a este punto, me temo que ya no cuento con el recurso de los bloques, sino de elementos concretos dentro o en el desarrollo de la novela. De ellos hablaré a continuación.

«Son inmensos los privilegios de la belleza. Influye incluso sobre quienes no la perciben».

Los niños terribles, Jean Cocteau.

El monólogo interior

Cuando Marcel Proust mordió su famosa magdalena y partió En busca del tiempo perdido, el concepto de novela tradicional pasó de la narración a un viaje por la mente humana. De este modo, el pensamiento se apoderó de la trama, cuya única función consistía en dar soporte al flujo de ideas, recuerdos, opiniones, impresiones y emociones que emanaban de la cabeza del protagonista o del autor.

En otras palabras, el monólogo interior desnudó el cerebro del individuo al lector. Por tanto, se trata de una literatura introspectiva, donde el argumento resulta irrelevante, dado que importa más lo que se piensa que lo que sucede. De hecho, la línea argumental brilla por su ausencia.

Para transcribir la acción interna, los autores cimentaron sus obras sobre los principios del psicoanálisis, del impresionismo, del simbolismo y del surrealismo. En general, sus recursos retóricos son la memoria involuntaria, la analepsis (retrospección) y la prolepsis (anticipación) , aunque también tuvieron cabida otros experimentos literarios.

Ulises, de James Joyce, representa el parangón del monólogo interior. Obviamente, esta es mi opinión y, por lo tanto, imparcialmente subjetiva. No dejes que mi criterio te condicione, pero tampoco cometas el error de privarte de su lectura. Especialmente, del monólogo de Molly (último capítulo del libro). Eso sí, evita Finnegans wake —otra obra del genio irlandés—, porque es absolutamente ininteligible.

Aparte de los libros citados, dignifica tu librería con los siguientes títulos:

Fragmentación

Inspirados por la fragmentación formal del cubismo, los escritores descompusieron la línea narrativa para generar multiplicidad dentro de sus obras. En lo que atañe a la estructura argumental, este recurso altera el desarrollo «recto» característico de la literatura clásica. Así, surgen historias caleidoscópicas, donde la perspectiva se impone al tradicional «Inicio-Desarrollo-Desenlace».

Además de los elementos que has visto en el apartado anterior, la fragmentación argumental se obtiene mediante la ruptura temporal, la combinación de estilos (novela-ensayo), el uso de diferentes narradores o la introducción de comentarios (parábasis) en medio de la narración.

El resultado final ofrece una obra, digamos, más completa, aunque, a veces, resulte complicado seguirla. Por este motivo, hay lectores que huyen despavoridos tras otear las primeras páginas. O que critiquen el estilo por ser demasiado «intelectual».

«La razón es enemiga de toda grandeza, la razón es enemiga de la naturaleza, la razón es pequeña. Las cosas que llamamos grandes suelen salirse de lo ordinario y, como tales, entrañan cierto desorden. Pues, bien, la razón condena ese desorden».

Pensamientos, Giacomo Leopardi.

La fragmentación, al igual que el monólogo interior, se emplea en cualquier tipo de literatura. No obstante, también ha creado —o, cuanto menos, potenciado— dos géneros concretos de los que te hablaré a continuación.

Antes, no obstante, te dejaré seis títulos para que descubras las posibilidades que ofrece esta técnica en una novela. Y, si me lo permites, añadiré MuArte al listado, puesto que cumple con todos los requisitos que acabas de leer.

La novela coral

En general, los libros cuentan las aventuras, relaciones y quehaceres de una, dos o tres personas. La idea básica es que el eje narrativo gire en torno al personaje protagonista y que se sostenga con el antagonista y el secundario. Obviamente, el número de personajes puede aumentar con el fin de apuntalar mejor la historia.

Aun así, no es la cantidad de nombres lo que determina que una novela sea coral, sino la presencia de un protagonista único, invisible y comunitario. Para entendernos, una novela coral cuenta la historia de un pueblo, de un país, de una ciudad o de una isla a través de las voces de múltiples personajes, todos ellos protagonistas de sus tramas, pero secundarios con respecto al lugar donde se encuentran.

Imagino que este planteamiento te recordará al de la novela naturalista. Es cierto, pero también falso. Principalmente, porque el universo coral suele ser real, inventado o parte real y parte inventado mientras que el naturalista refleja fidedignamente una época y sociedad existentes.

Aparte de ese detalle, la línea narrativa naturalista recae sobre el personaje protagonista, generalmente burgués, por lo que sesga el resto de puntos de vista disponibles. La coral, en cambio, es rica en contrastes, segmentos sociales y opiniones variadas. Además, la primera sigue una estructura argumental clásica, pero la segunda tiende a la ruptura temporal.

«Disculpe, ¿no habrá visto pasar un cadáver desnudo?»

Frankenstein en Bagdag, Ahmed Saadawi.

La narrativa hipertextual

¿Te suenan unos libros que leíamos en los ochenta donde tenías que decidir entre ir a una página o a otra en función de lo que querías que el protagonista hiciera? Pertenecían a una colección llamada Escoge tu propia aventura y yo estaba enganchadísimo a ellos.

Bueno, como supongo que mi vida no te importa, te diré que estos librojuegos presentan una estructura argumental de narrativa hipertextual. Y, si en la novela coral son los personajes quienes generan la multiplicidad, aquí lo hacen las propias historias.

Esto se consigue mediante la fragmentación de la estructura, de tal modo que el lector puede leer el libro de varias formas: de principio a fin, con un orden salteado, al azar o según indicaciones del autor.

La disrupción estructural se fundamenta en el empleo de referencias cruzadas, algo que conoces mejor como «enlaces de Internet». Aunque, en lugar de pulsarlos, pasas las páginas. Lo sé, un engorro supremo para los lectores modernos.

Con todo, su mayor alteración respecto a la estructura clásica se halla en la ausencia de desenlace y, normalmente, de inicio. La narración hipertextual juega con la circularidad de los múltiples desarrollos posibles, así que prescinde (reniega, más bien) de cualquier aspecto linear en sus novelas, línea temporal incluida.

«Mírame. Tengo diecisiete años. Soy de la misma edad que la humanidad, porque la humanidad tiene siempre diecisiete años».

El último amor en Constantinopla, Milorad Pavič.

La metaficción

Si bien este tipo de escritura ya lo usaron Cervantes, Chaucer, Thomas Carlyle o Laurence Sterne en su época, no sería hasta la revolución posmodernista cuando adquiriera prestigio literario.

El motivo es muy sencillo: la metaficción rompe la barrera entre los personajes y el autor o narrador para introducir elementos autoconscientes dentro de la historia. Así, lo real se transforma en ficticio y lo ficticio en real, plasmando los principios filosóficos del existencialismo, corriente filosófica que marcó el pensamiento humano a partir de la mitad del siglo XX.

Asimismo, la metaficción puede centrarse en el propio proceso de la construcción de la novela. O sea, que el escritor cuenta una historia al mismo tiempo que te explica que está creando una. A esta estrategia comunicativa la conocemos los escritores por el nombre de «poioumenon».

En cualquier caso, la línea argumental clásica se rompe cada vez que la historia te saca de la misma. Algo parecido a lo que haces si detienes la lectura para pensar sobre un asunto, pero introduciendo dichas reflexiones en medio de la novela.

«¡Oh, basta ya! Aquí usted, como usted, ¡no puede existir!».

Seis personajes en busca de autor, Luigi Pirandello.

Estructura circular

Técnicamente, la estructura argumental circular no altera el orden «Inicio-Desarrollo-Desenlace», por lo que no la debería incluir en estos de consejos para escribir: la estructura argumental alternativa.

Aun así, he decidido añadirla a última hora, dado que el artículo ya es lo suficientemente largo como para que otro apartado pase desapercibido. También, porque el giro que supone en relación a la narrativa lineal clásica guarda cierto sentido con el tema que estoy a punto de concluir.

Precisamente, la conclusión es el elemento que desaparece en este tipo de estructuras. Por tanto, el «Inicio» y el «Desenlace» se funden en un solo cuerpo. En consecuencia, la línea temporal regresa al punto de partida, rompiendo el concepto de avance o evolución característico de la estructura argumental clásica.

Novelas con estructura circular hay muchas, pero solo te recomendaré una. En efecto, Ulises, de James Joyce.

«Una buena idea».

Ulises, James Joyce.

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