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La literatura celta

Poco se cita la literatura celta y demasiado la griega o la romana dentro de cualquier ámbito profesional. Entiendo que las connotaciones eruditas que evocan el Olimpo y el Palatino resulten más efectivas que las «bárbaras» a la hora de imponer autoridad, pero, qué quieres que te diga, para el postureo ya existe Instagram.

Por lo tanto, «La literatura celta» inicia una serie de artículos sobre el legado de los pueblos «olvidados» (aunque también hay cabida para los chupis) con el objetivo de que enriquezcas tu cultura lectora y, de paso, que aprendas un poquito de historia.

Dicho esto, te advierto de que el contenido de este artículo es largo y abundante. Así que, para que no te reviente la cabeza, lo he dividido en varias partes. De nada. Bueno, suficiente introducción. Descubramos los secretos de la literatura celta sin mayor dilación.

Quiénes son los celtas

En primer lugar, los celtas no son un pueblo «como tal», sino más bien el nombre común bajo el que se denominaba a un rosario de tribus con una cultura y un modo de vida similar. De hecho, tampoco son «ingleses», puesto que se trata de un pueblo de origen indoeuropeo que se asentó en Hallstatt (cerca de Salzburgo, Austria) durante la Edad del Bronce Tardío (1300 – 800 a.C.).

Después, en la Edad del Hierro, aparece la versión 2.0. de Hallstatt: La Tène (Neuchâtel, Suiza), que consolida la presencia celta en los Alpes mientras se extiende por el resto del continente a través de migraciones, invasiones y relaciones comerciales. De esta manera, en el siglo II a.C., Centroeuropa, Francia, la península ibérica, las islas británicas, Países Bajos, el norte de Italia, Hungría, los Balcanes, Rumanía, Bulgaria, Ucrania y Anatolia (Turquía) se convierten en territorio celta, bien de forma directa o mediante la integración con los habitantes de estas zonas.

Obviamente, su expansión los puso en contacto con griegos y romanos. Los primeros los llamaban keltoi, de donde procede la palabra «celta», y los segundos, gallus, según confirma Astérix el Galo. Esto explica que lugares como Portugal (Portus Gallus), Galicia (España), la Galia (Francia), Gales (Reino Unido), Galitzia (Polonia/Ucrania) o Galatia (Asia Menor) compartan la misma raíz en sus nombres.

«Ciertamente, en otro tiempo, no conociendo a Dios, servíais a los que por naturaleza no son dioses».

Dios Habla Hoy, Gálatas 3.8.

Nota: no confundas la raíz protoindoeuropea gal- (‘tener poder’), que es la de «galo», con glak-, que significa ‘leche’, presente en «galaxia» (galak-sia) o en «Vía (g)Láctea».

Qué sabemos de los celtas

Principalmente, que eran altos, de piel, cabello y ojos claros; hospitalarios y amantes de la caza, los banquetes, el bebercio, la riña, la joyería, la música, la poesía y la autoalabanza; algo infantiles en cuanto a su comportamiento, pero bestias pardas en el campo de batalla.

Además, sabemos que poseían una mentalidad independiente y libre, aunque carecían de identificación nacional propia. En consecuencia, cada tribu estaba gobernada por un rey o un jefe tribal distinto, una oligarquía e, incluso, un sistema democrático (los caledonios en Escocia). A veces, eso sí, varias tribus se confederaban para defenderse o atacar a otras tribus (celtas o no celtas) vecinas. También era habitual que una o varias tribus combatiesen junto a otros pueblos, sin importarles que sus rivales fueran extranjeros u otra tribu celta.

Debido a la desorganización e idiosincrasia que observaron, los griegos y los romanos catalogaron a los celtas de «bárbaros». Su desprecio es comprensible; el poder en la sociedad celta lo ostentaba el valor, no los apellidos familiares. Por lo tanto, toda incursión de saqueo exitosa que dirigiese una persona en territorio ajeno —como individuo independiente o como mercenario— implicaba un ascenso en la jerarquía tribal. E, incluso, la secesión en otra tribu nueva.

«”Celta” es una bolsa mágica en la que se puede meter cualquier cosa y de la que puede salir casi cualquier cosa».

J.R.R. Tolkien.

Con todo, las potencias mediterráneas encontraron cinco elementos de «celticidad» que conferían unicidad a todas las tribus: el temor que desataba su nombre, la vestimenta (inventaron los pantalones), la insignificancia de la diferencia de género en el ámbito social, su cultura y la religión.

La literatura celta

Imagino que te habrás percatado de que este breve resumen sobre los celtas proviene de investigaciones arqueológicas modernas e información proporcionada por parte de griegos (Heródoto y Posidonio) y romanos (Julio César) antiguos, pero no de fuentes celtas. La explicación es muy sencilla: no hay ninguna.

Del mismo modo, tampoco disponemos de obra alguna de la literatura celta dentro del periodo histórico que he mencionado al principio. A decir verdad, dependemos de relatos condicionados por el sesgo subjetivo de los autores griegos y romanos, proclives a la exageración, la inventiva o a dar por válido cualquier comentario que escuchasen sin molestarse en corroborarlo.

Para añadir una capa más al manto del misterio, el grueso de datos existentes corresponde a los celtas atlánticos, que eran independientes de los alpinos (los de Hallstat) y de los orientales, a pesar de que estos, al igual que los occidentales, derivasen de la expansión de La Tène.

No obstante, si relees ahora las palabras del texto que he puesto en negrita, hallarás las pistas necesarias con las que resolver el enigma de la literatura celta. Tan solo te faltarán los detalles que desarrollaré en la próxima entrega. Mis agradecimientos a Scheherezade por enseñarme a utilizar un cliffhanger.

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