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¿Quieres que tu historia se convierta en un buen libro, un superventas o las dos cosas juntas? Entonces, te interesará este artículo, porque concierne a uno de los aspectos más complejos de la escritura literaria: el ritmo en una novela.

Antes de empezar, déjame aclarar primero que este contenido no te enseñará a escribir un bestseller. Nadie lo hará, de hecho, así que no te fíes de quien afirme poseer tal secreto. Aquí solo verás teoría narrativa con la que mejorar la calidad de tu obra. El resto es cuestión de práctica y de talento.

Por cierto, también el corazón marca el ritmo de tu cuerpo. Habrás observado que hay uno blanco debajo del titular, ¿verdad? Venga, regálale un pálpito tiñéndolo de rojo con el ratón o con tu dedo.

Qué es el ritmo en una novela

De manera resumida, el ritmo en una novela determina la velocidad con la que fluye la trama. Es decir, si el contenido ofrece una lectura lenta o rápida.

Ahora bien, no apliques esta definición únicamente al libro, ya que afecta a las diferentes partes que lo conforman. Por ejemplo, escucha los cambios de tempo que se producen en este tema:

Aunque la música ofrezca una estupenda analogía, no confundas una novela con una canción, cuya esencia se espeja en la poesía. Más bien, semeja a una sinfonía en prosa, donde las palabras y los signos de puntuación sustituyen a las notas; la estructura argumental, a la partitura; los personajes, a los instrumentos, y el narrador, al director de orquesta.

Con esto quiero que tengas claro que un novelista no escribe una historia, sino que la compone. Así pues, el vocabulario y la estructura colaboran de forma activa en la obtención del ritmo: el primero mediante el léxico y la semántica; la segunda, a través de la gramática, la ortotipografía y la retórica.

Por supuesto, la forma en la que se combinan o emplean estos elementos también determina el estilo narrativo. Empero, este ofrece una visión holística de tu obra, en tanto que el ritmo en una novela atañe a la ejecución de su escritura.

¿Ya echa humo tu cabeza? No te preocupes: he preparado unos apartados miríficos que lograrán que esta teoría tan enrevesada, al final, suene a música para tus oídos.

La forma primordial de la conciencia humana

Fastuosa u onusta, a nadie ha dejado indiferente la obra que toda persona que aspire a escribir una novela debería leerse, cuanto menos, una vez en su vida: Ulises, de James Joyce. Más que nada, porque equivale a realizar un curso completo de escritura experimental.

Precisamente, su último capítulo te servirá para comprender la función de la puntuación en el ritmo de una novela. Se trata del soliloquio de Molly, donde el autor irlandés representa lo que titula este apartado en 24285 palabras, con un único signo de puntuación en todo el texto: el punto del final.

«[…] o su hijo esperando Bill Bailey no vienes a casa por favor los lutos de viuda no la van a mejorar de aspecto sientan estupendamente si una es guapa qué hombres él no estaba sí que estaba en el banquete […]».

Ulises, James Joyce.

El efecto que provoca este capítulo es idéntico al de ser arrastrado por un torrente: luchas por no ahogarte, buscando con desesperación algo a lo que aferrarte, algo que te salve de su implacable ritmo. Pero la historia no da tregua; devoras hoja tras hoja tras hoja —créeme, no podrás parar— sin que la corriente desbocada pierda su fuerza ni muestre intención de llevarte hasta un remanso.

Obviamente, esto se resuelve aplicando las normas de ortografía:

  • Las comas pausan ligeramente esa velocidad, lo que da un respiro a quien te lea, sin alterar el ritmo de la acción.
  • Con los paréntesis y guiones largos (—), desvías momentáneamente el flujo narrativo para reducir su ímpetu, al estilo de los tajamares con la corriente fluvial.
  • Los dos puntos y el punto y coma frenan el ritmo de lectura, aunque mantienen la continuidad de la frase.
  • Los puntos detienen el flujo narrativo por completo.

La expresión mínima de la conciencia humana

Hablando de puntos, las frases extremadamente cortas simplifican la narración.

También, generan tensión narrativa, algo que siempre resulta muy positivo.

Infaustamente, te dejan las mismas secuelas que las luces estroboscópicas.

«Frases cortas. ¿Mejores que las largas? Soberana tontería. Cuestión de estilo. Una moda. Tendencia efimeral. ¿Por qué? La historia».

Para evitar la epilepsia, añade más palabras. Sobre todo, verbos.

Algoritmo: algo con ritmo

Una vez establecidos los extremos absolutos de una oración, verás cómo el tamaño afecta a la fluidez narrativa merced al martelé —entre 5-10 palabras por frase— y al legato (30-35). Si no sabes lo que he dicho, fíjate en el movimiento que hace la violinista con el arco:

Como habrás escuchado, las notas suenan «unidas» con el arrastre largo, y «separadas» con el corto. Especialmente, al final, cuando golpea la cuerda en detaché. Por lo tanto, si extrapolas esta idea a la escritura, el legato producirá fluidez en la lectura, mientras que el martelé (y el detaché) la interrumpirá para acentuar el detalle.

Vale, supongamos que le entregas la batuta narrativa a cualquiera de estos dos fraseados. Inicias la redacción de tu novela, manteniendo constante el tempo escogido, y te gusta el resultado que has obtenido. Empero, a media que aumenta el número de páginas, percibes que lo que antes era una virtud se ha transformado en un problema:

  • El fraseo corto ofrece información precisa y vívida sobre detalles relevantes para la trama, pero escasa o nula respecto al resto de elementos. Este vacío reduce significativamente la nitidez y comprensión de tu historia, por lo que es fácil que quien te lea se pierda o la interprete mal.
  • Asimismo, has perdido el impacto súbito y la tensión que suscitan estas oraciones a fuerza de utilizar su estructura con la del resto de la narrativa.
  • En cuanto al fraseo largo, lo fluido se ha espesado debido al kilometraje de las oraciones.

No te preocupes. El ritmo en una novela, y ruego disculpes el chiste, lleva tiempo aprenderlo. A dicha ten que ya conoces sus limitaciones.

«Afortunado es aquel que haya podido entender las causas de las cosas».

Geórgicas, Virgilio.

Allegro ma non troppo

Aparte de un entretenido ensayo escrito por Carlo Maria Cipolla, el título de este apartado está relacionado con la notación musical. En concreto, los indicadores del tempo, unos adjetivos que definían la velocidad de ejecución e interpretación antes de la invención del metrónomo. A veces, de modo muy gráfico, como allegro prestissimo con fuoco.

Igualmente, hay otras palabras que señalan los cambios de velocidad (acelerar: stringendo, reducir: rallentando, sin ritmo constante: rubato, a voluntad: a piacere) y la vuelta al tiempo original (a tempo).

Presta mucha, muchísima atención a estos nombres, ya que estas variaciones corregirán todos los problemas de ritmo que encuentres durante la escritura de tu novela.

«No he conocido jamás a nadie que llevara la música tan dentro de sus venas. Sus plaquetas marcaban el ritmo como claquetas. Hemolizaba melodías imposibles por bellas, fabulosas por eternas, juguetonas como marionetas».

Las increíbles aventuras de Mr. Flowers, Jose Flores.

Como una ola…

La naturaleza de una buena narrativa reside en encontrar el equilibrio entre lo célere y lo conciso, sea cual sea tu estilo. Así, evitarás la linealidad que amuerma cuando mantienes constante un tempo a lo largo de una historia.

De hecho, hasta ahora solo te he enseñado a generar esa monotonía repetitiva. Pero, no por cabrón, sino para que la identifiques y la modifiques en cuanto percibas tal circunstancia.

«Muchos creen que cuando han confesado una falta no hay necesidad de corregirla».

Marie von Ebner-Eschenbach.

Aclarado este asunto, volvamos a las frases. Esta vez, las asociaremos con las pulsaciones por minuto de los indicadores del tempo:

  • Muy corta (larghissimo): 1-5 palabras.
  • Corta (lento): 5-10 palabras.
  • Media-corta (andante): 10-15 palabras.
  • Media (moderato): 10-15 palabras.
  • Media-larga (allegro moderato): 15-20 palabras.
  • Larga (allegro): 20-25 palabras.
  • Más larga (vivace): 25-35 palabras.
  • Muy larga (vivacissimo): 35-40 palabras.
  • Extremadamente larga (prestissimo): de 40 palabras en adelante.

Suerte la nuestra de que la prosa no se rija por la marca de un compás. De esta manera, puedes combinar tempos distintos con los que alterar el ritmo de referencia sin que afecte al estilo que hayas escogido en tu novela:

  • Intenso: muy corta y corta.
  • Moderado: media-corta, media y media-larga.
  • Fluido: larga y más larga.
  • Muy fluido: muy larga y extremadamente larga.

Empero, este recurso no resuelve el tema de la linealidad. Después de todo, simplemente has ondulado el fraseo, por lo que los inconvenientes que he mencionado en el apartado «Algoritmo: algo con ritmo» aparecerán de nuevo. A menos, claro, que añadas variaciones a tu texto.

La magia rítmica de la longitud de las frases

Los cuatro ritmos (intenso, moderado, fluido, muy fluido) combinan frases de longitud parecida. Esta similitud de tamaño unifica la narrativa —a pesar de que las oraciones no contengan idéntico número de palabras—, ya que los ojos del lector no aprecian esa diferencia.

Sí lo harán, en cambio, con los casos extremos. Es decir, una frase de una palabra al lado de otra de diez (ritmo intenso). Pero, de momento, sigamos con el fraseo equilibrado.

Imagino que habrás deducido que este mismo efecto se producirá cuando juntes las oraciones grandes de un ritmo con las pequeñas del posterior. Por ejemplo, una de ocho palabras (corta del intenso) con otra de doce (media-corta del moderado).

Esto provoca una variación; un alargamiento levemente perceptible que altera la estabilidad del texto. Lo justo para romper la linealidad previa sin romper la armonía narrativa. De igual forma, la oración larga del ritmo anterior causará un acortamiento en el sucesivo:

  • Intenso: muy corta y corta. Variación: media-corta.
  • Moderado: media-corta, media y media-larga. Variaciones: larga y corta.
  • Fluido: larga y más larga. Variaciones: muy larga y media-larga.
  • Muy fluido: muy larga y extremadamente larga. Variaciones: más larga.

Bien, ahora el fraseo emplea una cadencia menos monótona. Suficiente para el intenso, no tanto para el moderado, y apenas perceptible en el fluido y en el muy fluido, que seguirán mostrando un contenido denso.

No obstante, si fusionas el ritmo largo con las oraciones y variaciones respectivas del moderado y del muy fluido, el rango narrativo oscilará entre frases de 5 y 40 (o más) palabras. O sea, tu novela pasará de una estructura tipo iglesia románica a una de catedral gótica. Eso sí, todavía sin vidrieras.

La síncopa literaria

Según la longitud de fraseo ocupe más espacio en el papel, necesitarás el apoyo de oraciones más cortas o más largas si no quieres que la monotonía y la densidad agoten a quien te lea. Así, conservas el equilibrio narrativo, controlas la velocidad del texto y mantienes la fluidez de lectura a través de cambios sutiles de ritmo.

En general, esto se logra de una forma gradual, sin cambios bruscos en el tamaño de las frases, recurriendo a la cercanía (media-larga – larga – más larga). Infaustamente, este muro dinámico rara vez ofrece respiros. Por consiguiente, los dos problemas citados no tardarán en manifestarse más adelante.

Necesitas, pues, abrir un resquicio por el que corra el aire. Como alejar la cercanía de las frases (media – larga – muy larga) o alternar las largas con los tres tipos de medianas.

De todas formas, yo prefiero crear una brecha de verdad, que se note, con frases muy cortas, de una a tres palabras, después de una oración muy larga o, mejor aún, extremadamente larga.

«Socorro se divierte, y ríe con un hipito, como si le hicieran cosquillas con una pluma en el ombligo».

De donde son los cantantes, Severo Sarduy.

Aunque lo parezca, no resulta un planteamiento demasiado agresivo. Al contrario; tras leer una frase de, digamos, cincuenta palabras, ofreces al lector dos puntos de respiro casi consecutivos.

Gracias a esta ventana inesperada, facilitas un salto en la narrativa desde donde iniciar una nueva melodía (fraseo con ritmo distinto), centrarte en detalles concretos, meter intensidad, sorprender o coger carrerilla antes de retomar la marcha.

En cualquier caso, esta combinación extrema hace que la monotonía y densidad desaparezcan de golpe. Como por arte de magia. Abracadabra.

Otros recursos rítmicos en una novela

Además de con la longitud de las frases, el ritmo en una novela completa su hechizo con una serie de arreglos relacionados con la gramática, la puntuación y el vocabulario.

En primer lugar, los diálogos, que rocían a la prosa narrativa de fragancia de teatro. Sin duda, su mayor impacto se obtiene en obras con un narrador en tercera persona, ya que cambian el estilo y la voz del texto.

Normalmente, se introducen con guiones largos, reproduciendo las palabras literales de un personaje. Con todo, recuerda que también se engastan dentro de un párrafo con las comillas españolas (« ») o empleando el estilo indirecto («Le dije que luego le llamaría»).

A continuación, están las alteraciones del orden esperado en una frase: inversiones, repeticiones, retórica, acumulaciones, subordinadas y escritura experimental. Sirven tanto para agilizar como para interrumpir la velocidad de lectura, aunque su principal virtud reside en que te permiten mantener un fraseo más tiempo sin gastar combinaciones de tamaño.

Después, el vocabulario. Pese a la fobia extendida por usar un diccionario, el significado y la semántica de ciertos vocablos reducen considerablemente la densidad narrativa («los problemas áulicos» en lugar de «los problemas relativos al palacio»), lo cual favorece la precisión y el detalle.

El último recurso útil, bien para crear una pausa, bien para quebrar el hilo narrativo, son los puntos suspensivos. Pero, por favor, no abuses de ellos o te cargarás el ritmo.

Estos elementos, unidos a la variedad del fraseo, componen la taumaturgia estructural con la que una novela nos encanta mientras la leemos. Aun así, guarda cautela y prudencia cuando la apliques en tu libro. Detrás de lo que asombra, asoma un grave peligro.

«Lo que pasa con la magia… Siempre hay consecuencias. ¡Siempre!».

Spike, en Buffy, cazavampiros.

El precio de la seducción

No sé si has realizado algún conjuro hace poco. Te lo recomiendo; verías las tremendas semejanzas que existen entre su solemne kumbayaya y la teoría sobre el ritmo en una novela.

Me explico. Ambos prometen un resultado provechoso, siempre y cuando sigas sus indicaciones. Por ende, confías en que la mezcla de ingredientes, sumada al poder de unas palabras, producirán el éxito que tanto anhelabas.

Obviamente, fracasas, porque el Necronomicón (Lovecraft, La ciudad sin nombre) evoca el trabajo de los espíritus, mientras que el Ritmonomicón invoca a tu espíritu de trabajo. Es decir, la magia es cuestión de fe, pero la prosa literaria requiere práctica.

«Tenéis muchos sueños. Buscáis la fama. Pero la fama cuesta. Pues aquí es donde vais a empezar a pagar… con sudor».

Lydia Grant, en Fama.

Aun así, supón ahora que los hechizos funcionasen. Si te sale mal, habrás convertido al gato en rana en lugar de en un majestuoso leopardo. Si te sale bien, recibirás el aplauso del público. Sea cual fuere el caso, has jugado con fuerzas sobrenaturales. Y estas se toman peor que tú lo de levantarse para currar. Algo que, por otro lado, entiendo perfectamente.

Verás, como te topes con un lector al que no le plazca la longitud de tu fraseado, dirá que tu novela es mala. Nunca reconocerá que no le ha gustado, a pesar de que el tempo se ajuste a la narrativa que has escogido. Para eso, debería saber que la literatura, al igual que la música, se caracteriza por la diversidad de técnicas, estilos y géneros. O que Ulises rechazó a Calipso porque prefería estar con su mujer y su hijo, no porque la alternativa de disfrutar de una vida eterna en el paraíso junto a una diosa fuera «mala».

Tales son las consecuencias de la magia del ritmo.

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